En el esquema de la corrupción hay dos
agentes cuyos intereses convergen entre sí: un empresario y un político que
buscan el enriquecimiento. Ambos se necesitan mutuamente y cada uno tiene lo
que necesita el otro: dinero para corromper y poder para decidir. De la
adjudicación de un contrato o la modificación del planeamiento urbanístico
depende que el hombre de negocios se haga millonario y quien tiene la sartén
por el mango para otorgarlos se beneficie económicamente.
La vida del político es, por naturaleza
inestable, e ingrata: sometida no sólo a los vaivenes electorales sino también
a las luchas internas dentro de su propia organización en la que el fácil subir
como la espuma y caer en picado, según se turnen las diversas familias que se
disputen el poder. Añádale a eso que la gestión pública no está demasiado
remunerada (al menos comparativamente con puestos equivalentes del ámbito
privado) y que es difícil que sea valorada con justicia: lo que se hace bien
debe ser natural y los errores cometidos dejan a uno como un inútil ante
demasiada gente. Evidentemente, a nadie le obligan a ser político, puede
argumentarse, pero es difícil pensar que quien sufre las frustraciones del
ejercicio cotidiano del poder (protestas del ciudadano, críticas crueles en
prensa, acoso en la Asamblea, falta de medios para cumplir sus deseos) no tenga
tentaciones de asegurarse su futuro, ante los beneficios que sus potestades le
otorgan.
La corrupción existe en la naturaleza
humana desde que el hombre dio sus primeros pasos. Desde Hobbes gran parte de
la teoría política defiende que sólo las normas y la represión pueden
garantizar la defensa de los instintos más crueles del hombre. Ante la
tentación del lucro indebido puede haber diversas barreras: un acusado concepto
de la moralidad, la existencia de mecanismos de control internos que la eviten
o el miedo a la sanción penal de la misma. Ninguno de ellos funciona en España,
encharcada desde comienzos de los 90 en un sistema de corrupción
institucionalizada, parecido al existente durante décadas en Italia.
Durante los Gobiernos Socialistas de
Felipe González se empezaron a conocer escándalos monumentales que afectaban a
instituciones señeras del Estado Español como la Guardia Civil, el BOE, los
fondos reservados de las fuerzas de Seguridad y por descontado la financiación
irregular de los partidos. No pocas teorías explicaban el fenómeno en la medida
que un partido (el PSOE) que no había
catado el poder nunca de repente se vio con el control absoluto de las
instituciones y muchos de sus dirigentes, no precisamente procedentes de
ámbitos demasiado acomodados, no pudieron vencer la tentación. Casi veinte años
después la podredumbre alcanza a todo el sistema de partidos salido de la
Constitución de 1978; la derecha (PP, CIU) y la izquierda (PSOE,IU), quizá
ahora la palma, cuantitativamente hablando, se la lleve la derecha por el mero
hecho que maneja mucho más poder autonómico y local, auténticos Sodoma y
Gomorra de las corruptelas y la malversación del erario público, pero en la
casi única autonomía dominada por el decadente PSOE, Andalucía, la misma
también alcanza dimensiones descomunales y aberrantes y muchos líderes
socialistas y sindicalistas también han mamado del uso indebido de las Cajas de
Ahorro, con lo que la amenaza no parece identificarse con las ideologías,
simplemente responde a la degradación de un modelo representativo a fecha de
hoy amenazado seriamente por el populismo radical (Podemos) que recoge el
hastío generalizado de un país lastrado por un paro desbordante y en que la
clase media oscila entre la amenaza de la indigencia o la economía precaria y
que observa con indignación como sus angustias económicas contratan con la
opulencia de aquellos que debía preservar sus intereses.
¿Qué hacer, por lo tanto?

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