De los tres controles aludidos parece
claro el moral es el menos eficaz. Puede ser por la vieja teoría que señalaba
que el alma católica es más dada a la indulgencia con el ladrón que la
austeridad protestante, por una captación indebida de las élites políticas o
por la tradición hispana por la picaresca, lo cierto es que el poco realista
pensar que la moralidad puede hacer de mecanismo de defensa frente a los
corruptos, y más cuando los cargos públicos contemplan en saqueo de sus compañeros
a diario (“tonto el último”) sin que
nadie les reprenda hasta que el escándalo salta. Piénsese en la orgia de las
tarjetas de Bankia, en la que todos los consejeros se sumaban a efecto dominó
de la utilización de esos instrumentos para compras particulares. Si el de alado
lo hace a diario ¿por qué no voy yo a ser menos?. No hay en España,
desafortunadamente, una tradición de respeto y honorabilidad de los gestores de
la cosa pública.
Quedan los controles que el aparato
público español es de dos tipos: administrativo y judicial. Para desgracia de
la democracia española la judicialización es la vertiente que prima a fecha de
hoy. Esto significa ni más ni menos que el delito ya se ha consumado y la
corrupción se ha producido. La actuación de los tribunales siempre ha de ser la
última ratio, el recurso final que marca el fracaso del sistema. La presencia
de políticos ante el Juez de instrucción marca el final de la carrera de los
mismos y un escándalo social considerable, y como mucho castigo electoral (hasta
ahora, por cierto no muy elevado, aunque puede cambiar la tendencia) pero no
supone la devolución de lo robado, ni la subsanación del contrato mal
adjudicado, la licencia mal dada o la recalificación fraudulenta. El mal está
hecho y en ocasiones es imposible de reparar. A esto hay que añadir que el proceso
judicial resulta lento y poco eficaz como regla general. Pocos servicios
públicos ostentan los problemas que asolan a la Administración de Justicia: a
su politización en las altas esferas hay que añadirle las permanentes quejas
del colectivo sobre la falta de medios legislativos, humanos y materiales, para
el cumplimiento de sus fines.
Un sumario como la “Gurthell” se extiende
durante años ya que las dificultades para seguir el rastro del dinero, la labor
de los abogados defensores de los imputados y el respeto pos las garantías
procesales hacen muy complicado el aceleramiento de la causa; el uso abusivo de
las tarjetas de Bankia esconde dudas sobre su tipificación como delito. La
condena penal puede suponer el fin de un político, repudiado por el partido que
calló durante años sus manejos y que ahora huye de él como la peste, pero apenas implica ningún cambio en la estructura
de la corrupción: cómo se ha demostrado a ellos les seguirán otros que no se
apartarán de esa línea porque cuando un cáncer está extendido por el organismo
de forma irremediable, las operaciones puntuales poco arreglan. Y en España del
siglo XXI, la corrupción política-privada está insertada de tal forma que sólo
una medicina `preventiva puede salvar los restos del naufragio. La intervención
del Juzgado provoca alarma social y hasta puede concluir en Justicia pero poco
ayuda a resolver la raíz del problema: la organización política muestra su
repulsa y hace propósito de enmienda, se anuncian medias legislativas y
comisiones de investigación, pero todo ello suelo concluir en un brindis al sol, una prórroga o tregua
hasta que el temporal escampe y le gente se centre en el fútbol o las
vacaciones de verano, y dé a los políticos por imposible porque a fin de
cuentas, todos son iguales.

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