Si el mundo administrativo ha sido habitualmente identificado
con la solemnidad y el aburrimiento, una serie inglesa de comienzos de los años
80 echó por tierra todos los estereotipos.
“Sí Ministro” era una producción centrada en la peculiar
relación entre tres personajes: el Ministro de Asuntos Administrativos James
Hacker, un político inexperto, bienintencionado y torpe, el Secretario
Permanente Sir Humphrey Appleby, un maquiavélico e intrigante funcionario de
carrera y el Secretario Personal Bernard Woolley, otro funcionario a medio
camino entre la lealtad a su jefe directo político y a su superior
administrativo.
Ya desde el primer episodio en el que Sir Humprey boicoteaba
la presencia del asesor personal del nuevo Ministro, la comedia televisiva nos
daba un recital de la esquizofrenia existente en la gestión pública: los planes
apresurados y motivados por la necesidad de una reacción inmediata del político
topaban con las jugadas por la espalda del Secretario Permanente, dispuesto a
cualquier pequeña conspiración con tal de mantener los privilegios de la casta
funcionarial. Los diálogos entre ambos eran un recital de inventiva sobre la
cualidad administrativa de en revesar cualquier tema por banal que fuese o
claro que resultase: al final todo tenían múltiples inconvenientes y tras darle
vuelta una y otra vez al tema la cosa quedaba como estaba. ¿Cuántas veces no se
tiene esa sensación en la Administración actual?.
Algunos de sus episodios eran sencillamente memorables como
aquél en el que el Ministro se veía obligado a dar marcha atrás en su idea de
cerrar un Hospital…..que no tenía enfermos y sí personal u otro en el que una
disputa entre el Ministro de Sanidad y el de Deportes por el patrocino de las
tabacaleras a los eventos deportivos, se resolvía intercambiando las carteras:
el mandatario de Sanidad lo sería ahora de Deportes , y este último órgano
tendría la titularidad del saliente Ministro sanitario.
Bajo su apariencia de comedia algo grotesca o exagerada, la
serie escondía una profunda reflexión sobre el sector público o mas
concretamente de la incapacidad de entendimiento entre los dos extremos del
mismo: los políticos y el funcionariado, y como ambos pretenden mantener su posición en las trincheras que han cavado. La entonces Primer Ministra Inglesa, Margaret Thatcher, se declaró fervientemente seguidora de la misma, sin lugar a
duda por el hecho de ver reflejada en sus tramas muchas de las situaciones que
sus Gobiernos tenían que afrontar a diario, y más aún teniendo en cuanta su
ideario neo-liberal siempre escéptico frente al figura del funcionario de
carrera.
Cualquiera que revise la serie a fecha de hoy se dará cuenta
que no ha envejecido apenas nada, algo muy meritorio: en los años 80 la calidad
que hoy tienen los productos televisivos no existía ni por asomo. En realidad, con
casi todas las series de esos años el paso del tiempo ha sido inexorable; y no
es extraño que hoy en día casi produzcan, en algunos casos, vergüenza ajena.
Pero “Sí Ministro” puede entroncarse con esos productos de calidad
eminentemente británicos, de aspecto teatral, pero con una calidad literaria en
sus guiones que no ha caducado en absoluto (quizá junto con Arriba y Abajo y Yo Claudio, sea el delicatesen
british de esas épocas tan lejanas).
En cualquier curso de técnicas directivas de la
Administración deberían de proyectarse algunos episodios de esta serie
histórica. Harían mucho mas que sesudos y pomposos manuales.

