martes, 24 de marzo de 2015

ADMINISTRACIÓN Y FICCIÓN (I). SÍ MINISTRO

Si el mundo administrativo ha sido habitualmente identificado con la solemnidad y el aburrimiento, una serie inglesa de comienzos de los años 80 echó por tierra todos los estereotipos.
“Sí Ministro” era una producción centrada en la peculiar relación entre tres personajes: el Ministro de Asuntos Administrativos James Hacker, un político inexperto, bienintencionado y torpe, el Secretario Permanente Sir Humphrey Appleby, un maquiavélico e intrigante funcionario de carrera y el Secretario Personal Bernard Woolley, otro funcionario a medio camino entre la lealtad a su jefe directo político y a su superior administrativo.

Ya desde el primer episodio en el que Sir Humprey boicoteaba la presencia del asesor personal del nuevo Ministro, la comedia televisiva nos daba un recital de la esquizofrenia existente en la gestión pública: los planes apresurados y motivados por la necesidad de una reacción inmediata del político topaban con las jugadas por la espalda del Secretario Permanente, dispuesto a cualquier pequeña conspiración con tal de mantener los privilegios de la casta funcionarial. Los diálogos entre ambos eran un recital de inventiva sobre la cualidad administrativa de en revesar cualquier tema por banal que fuese o claro que resultase: al final todo tenían múltiples inconvenientes y tras darle vuelta una y otra vez al tema la cosa quedaba como estaba. ¿Cuántas veces no se tiene esa sensación en la Administración actual?.
Algunos de sus episodios eran sencillamente memorables como aquél en el que el Ministro se veía obligado a dar marcha atrás en su idea de cerrar un Hospital…..que no tenía enfermos y sí personal u otro en el que una disputa entre el Ministro de Sanidad y el de Deportes por el patrocino de las tabacaleras a los eventos deportivos, se resolvía intercambiando las carteras: el mandatario de Sanidad lo sería ahora de Deportes , y este último órgano tendría la titularidad del saliente Ministro sanitario.
Bajo su apariencia de comedia algo grotesca o exagerada, la serie escondía una profunda reflexión sobre el sector público o mas concretamente de la incapacidad de entendimiento entre los dos extremos del mismo: los políticos y el funcionariado, y como ambos pretenden mantener su posición en las trincheras que han cavado. La entonces Primer Ministra Inglesa, Margaret Thatcher, se declaró fervientemente seguidora de la misma, sin lugar a duda por el hecho de ver reflejada en sus tramas muchas de las situaciones que sus Gobiernos tenían que afrontar a diario, y más aún teniendo en cuanta su ideario neo-liberal siempre escéptico frente al figura del funcionario de carrera.
Cualquiera que revise la serie a fecha de hoy se dará cuenta que no ha envejecido apenas nada, algo muy meritorio: en los años 80 la calidad que hoy tienen los productos televisivos no existía ni por asomo. En realidad, con casi todas las series de esos años el paso del tiempo ha sido inexorable; y no es extraño que hoy en día casi produzcan, en algunos casos, vergüenza ajena. Pero “Sí Ministro” puede entroncarse con esos productos de calidad eminentemente británicos, de aspecto teatral, pero con una calidad literaria en sus guiones que no ha caducado en absoluto (quizá junto con Arriba y Abajo y Yo Claudio, sea el delicatesen british de esas épocas tan lejanas).

En cualquier curso de técnicas directivas de la Administración deberían de proyectarse algunos episodios de esta serie histórica. Harían mucho mas que sesudos y pomposos manuales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario