miércoles, 12 de noviembre de 2014

CORRUPCION 3

El tercer control es el Administrativo, de carácter interno. En realidad es la llave esencial para que el fenómeno de la corrupción no se extienda sin remedio. En un Estado sólido, las iniciativas políticas son elaboradas por la burocracia administrativa, revisadas por los servicios jurídicos y la Intervención y aprobadas por el órgano competente. Gobierno de origen democrático y Administración de raíces tecnócratas se combinan en la elaboración de las políticas públicas, presididas por el respeto a la Ley.
Un Estado endeble como el español resulta un manual de perversión del sistema: los gobernantes quieren copar la toma de decisiones y para ello necesitan neutralizar a los funcionarios de carrera y la maraña normativa que limite sus excesos. La estrategia seguida suele tener tres pilares esenciales:
-       Aumento de las designaciones del personal político alejado de los Cuerpo clásicos de la Administración. Los Gabinetes toman el poder frente a las Subdirecciones.
-      Sometimiento de la burocracia a sus dictados. Sólo asciende el funcionario dispuesto a aceptar con obediencia las consignas de los superiores políticos.
-      Huida de los mecanismos de control mediante la creación de organismo ajenos a la estructura administrativa clásica y así esquivar que los expedientes sean revisados por personal no afecto.


No puede entenderse la escandalosa proliferación de asuntos  irregulares presididos por la corrupción, sino es bajo la batuta de este esquema. Las Administraciones autonómicas y locales extendieron la figura de la Libre designación para todos los puestos de responsabilidad que puedan ser ocupados por funcionarios de cuerpos superiores, se lanzaron a la contratación laboral a dedo y cuando los tribunales les enmendaron la plana, cínicamente adoptaron procesos de funcionarización de cara a consolidar un empleo público irregular, en algunos sitios se idearon mecanismos de promoción interna extraordinariamente laxos que contrastaban con la dureza clásica de las oposiciones, se ascendía de inmediato a los recién incorporados, se promovían a Subdirecciones a Jefes de Sección….en definitiva el funcionario que ascendía debía ser  en ocasiones capaz, pero siempre obediente, porque detrás suyo se puede esconder una carrera que no acaba de concordar con los criterios de mérito y capacidad.
De remate a esa situación se idearon sistemas de huida del siempre farragoso derecho administrativo. Las empresas públicas fueron el refugio de Alí Babá y su tropa en sus diversas vertientes. Figura ajena a la realidad administrativa y presuntamente creada para emular la eficiencia del ámbito privado, en la práctica servía para colocar a los comisarios del partido y ser el instrumento de lanzadera de la corrupción; una legislación tramposa permitía que su actividad no estuviese sometida a fiscalización ni control alguno y por esa vía se colaban toda una cascada de contratos fraudulentos, pagados a precio de oro por el erario público, previa comisión repartida entre el cargo directivo y el partido.


En definitiva, si los mecanismo previstos por la maraña legislativa funcionaran la corrupción no existiría. En una arcadia estatal el Director General tendría a su cargo a unos funcionarios independientes que le expondrían los pros y contras de sus ideas, la Intervención General señalaría los defectos de alguna tramitación irregular y sólo accederían a la condición de concesionarios las empresas más cualificadas que ofrecieran el mejor servicio al precio más asequible; y esto no supondría  ineficiencia como siempre se ha tratado de vender; los buenos proyectos políticos saldrían avalados por su revisión por los profesionales administrativos. En un Estado des estructurado, el alto funcionario sabe que su futuro peligra si no hace la vista gorda de algunas cosas y los organismos de control no ven los manejos de los directivos públicos, porque el sistema ha ideado soluciones legales que impiden su participación; los argumentos contra la burocracia son dos: búsqueda de resultados y respeto por la legitimidad de los cargos elegidos. Los resultados están a la vista de todos: corrupción generalizada, economía en ascuas y desastre en la imagen de la clase política amenazada por primera vez, por el populismo puro y duro.

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