Llegan los nuevos ediles y diputados
autonómicos con una ilusión desbordante: en muchos casos, ni en sus sueños más
remotos pensaban ocupar la posición que el electorado les ha otorgado.
En pocas actividades existe más
contraposición entre la ilusión por conseguir unos objetivos y las
consecuencias de ,finalmente, obtenerlos, que en la política. Las ideas rumbosas
de cambiarlo todo no tardan en encontrase con la cruda realidad: una vez
conseguido el poder quiero emprender proyectos que transformen la vida de la
gente nada más llegar a mi nuevo y flamante despacho tengo que llamar al
funcionario de turno, ese que lleva allí no sé cuantos años, y del que no sé si
fiarme mucho de él . Empiezo un diálogo sin rumbo:
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Me
gustaría abrir nuevos locales para los sin techo.
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La
partida de arrendamientos es deficitaria.
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Quiero
cambiar los horarios comerciales
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La
normativa no es competencia nuestra.
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Deseo transformar la imagen turística de la capital.
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Eso
lo hace una empresa que ganó el concurso el año pasado. Si se le rescinde el
contrato se le ha de indemnizar.
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Me
gustaría ampliar zonas verdes.
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El
Plan General de Ordenación está en los tribunales desde hace un año. Hay que
esperar a ver qué dice la sentencia.
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Sería
interesante abrir una oficina que recogiese las sugerencias de los ciudadanos.
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Ya
existe. No tienen apenas personal. Solo un par de Administrativos y uno siempre
está de baja.
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Miraré
con lupa todos los contratos.
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No
nos podemos apartar de los dictámenes de la Junta de contratación.
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Deseo
una auditoría profunda de las cuentas de los últimos seis años.
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El
año pasado ya se hizo. De hecho la Auditora que los realizó está pendiente de
cobrar.
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Y
entonces. ¿Qué coño pudo hacer?
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Firmar
estos portafirmas pendientes si no le importa. Su predecesor se largó sin
hacerlo y los plazos nos comen. Van con una pequeña nota-resumen sobre su objeto.
Sencillita, apenas un folio, se entiende enseguida.

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