En la actualidad goza de una
notable popularidad la serie del mismo nombre interpretada por Kevin Spacey y
adaptada a la política americana. Sin embargo, es un buen momento para
reivindicar el original, una mini-serie británica de 1990, basada en una novela
de Michael Doobs del mismo título y protagonizada por un sublime Ian
Richardson, actor que fuera de las islas británicas gozó de una popularidad
limitada, pero que en su país se trató de un prestigiosísimo intérprete, en
especial en el ámbito teatral.
La serie nos relata las
desventuras del intrigante Francis Urquart (Richardson) un veterano
político que en un momento dado se ve desplazado por su partido, el
conservador, en el reparto de cargos tras unas elecciones. Urquart, sintiéndose
humillado y ninguneado no cejará hasta destrozar política y hasta físicamente a
todos aquellos que se interpongan en sus fines, una batalla que le llevará a
ser nada menos que Primer Ministro de Gran Bretaña.
“House of Cards” es una tragedia de aires shakesperianos que ahonda
en el eterno debate surgido en pleno Renacimiento desde la aparición del
legendario tratado “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo; si el poder debe de
dejar de lado todo referente ético para su conquista y sobre todo,
mantenimiento.
Resulta una magnífica
radiografía de las interioridades de un partido político moderno: sus
complejos cuadros de mandos, las distintas familias que optan por la primacía
en el mismo, las desmedidas ambiciones de sus integrantes que hacen muy difícil
una convivencia pacífica y las guerras fratricidas para la obtención de puestos
y reparto de beneficios inherentes al poder, las complejas relaciones con la
prensa, los intentos regeneradores de gente ajena al sistema que termina
chocando con la realidad y la influencia que esos juegos políticos tienen en
una ciudadanía que , en el fondo, desconoce, la realidad de aquellos que le gobiernan
con su voto.
Una visión muy nihilista, sin
apenas resquicio a la esperanza, que tiene la virtud de engancharnos
irremediablemente hasta el desenlace final. La versión americana mantuvo sus
parámetros, adaptándolos al modelo político de mas allá del Atlántico.

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