domingo, 7 de junio de 2015

ADMINISTRACIÓN Y FICCIÓN (II): HOUSE OF CARDS

En la actualidad goza de una notable popularidad la serie del mismo nombre interpretada por Kevin Spacey y adaptada a la política americana. Sin embargo, es un buen momento para reivindicar el original, una mini-serie británica de 1990, basada en una novela de Michael Doobs del mismo título y protagonizada por un sublime Ian Richardson, actor que fuera de las islas británicas gozó de una popularidad limitada, pero que en su país se trató de un prestigiosísimo intérprete, en especial en el ámbito teatral.
La serie nos relata las desventuras del intrigante  Francis Urquart (Richardson) un veterano político que en un momento dado se ve desplazado por su partido, el conservador, en el reparto de cargos tras unas elecciones. Urquart, sintiéndose humillado y ninguneado no cejará hasta destrozar política y hasta físicamente a todos aquellos que se interpongan en sus fines, una batalla que le llevará a ser nada menos que Primer Ministro de Gran Bretaña.

House of Cards” es una tragedia de aires shakesperianos que ahonda en el eterno debate surgido en pleno Renacimiento desde la aparición del legendario tratado “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo; si el poder debe de dejar de lado todo referente ético para su conquista y sobre todo, mantenimiento.
Resulta una magnífica radiografía de las interioridades de un partido político moderno: sus complejos cuadros de mandos, las distintas familias que optan por la primacía en el mismo, las desmedidas ambiciones de sus integrantes que hacen muy difícil una convivencia pacífica y las guerras fratricidas para la obtención de puestos y reparto de beneficios inherentes al poder, las complejas relaciones con la prensa, los intentos regeneradores de gente ajena al sistema que termina chocando con la realidad y la influencia que esos juegos políticos tienen en una ciudadanía que , en el fondo, desconoce, la realidad de aquellos que le gobiernan con su voto.
Una visión muy nihilista, sin apenas resquicio a la esperanza, que tiene la virtud de engancharnos irremediablemente hasta el desenlace final. La versión americana mantuvo sus parámetros, adaptándolos al modelo político de mas allá del Atlántico.


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